El tren vuela; el tiempo, también...
Las cuatro horas de viaje se nos van en un soplo.
La segunda dama del reino acusa con
señorío, garbo y sentido del humor el golpe del jet lag, del desajuste de los
biorritmos, de una aventura aérea que en menos de dos días la ha llevado desde
Madrid hasta Tokio con parada y fonda en no sé qué extraño país salido del
vientre de la extinta Unión Soviética.
Le doy un puñado de cápsulas de
melatonina con el consejo de que se tome una esa misma noche, antes de meterse
en la cama, y de que le propine otra a su marido cuando al día siguiente vuelva
a reunirse con él.
Ana me mira con los ojos muy abiertos
-los mismos que, barriendo el entorno de derecha a izquierda (sin olvidar el
centro, que es su espacio político), utiliza para escrutar, casi devorar, y
asimilar, en la medida de lo posible, las cosas, casos, lances y seres de un
país donde todo pasa al revés- y guarda las píldoras en el bolso. Doce horas más
tarde, al arrimo del desayuno, me dirá que ha dormido a pierna suelta.
Cena -frágil, ingrávida, inteligente,
exquisita, como el país que nos la ofrece- y sobremesa a la española... Esto es:
conversación, mucha conversación, y risa, mucha risa, no exenta de reflexiones
sagaces y, a veces, afiladas o puntiagudas sobre el insólito mundo que en ese
instante nos rodea. Sus rarezas, sus excentricidades, su originalidad no caben,
obviamente, en esta crónica. Ana mira y pregunta, pregunta y mira, se sorprende,
escucha, responde, averigua, comprueba, reacciona con espontaneidad y
sensibilidad a todo (y es mucho) lo que va saliendo al paso de la conversación,
de la observación y del viaje.
Yo intento explicarle las quisicosas
del país y le pido que presione al presidente, en su intimidad, para que de una
vez por todas se decida España a abrir en Tokio o en Kioto una sucursal del
Instituto Cervantes. Ella me cuenta historias de sus hijos, de cómo se vive (o
se sobrevive) en la jaula de oro de La Moncloa, de sus escapadas al mundo
exterior, de sus vacunas y anticuerpos para no caer víctima del síndrome del
poder, de sus recuerdos de Valladolid y de la habilidad de su marido para seguir
leyendo todos los días un buen rato, pese al atosigamiento de la púrpura, y para
no flaquear en la práctica cotidiana de sus deportes favoritos. Consuela y
tranquiliza saber que nos gobierna un hombre capaz de jugar al pádel, de leer a
Borges y de ir al teatro mientras capea tempestades o lo que se tercie con las
zapatillas plantadas en la boca de riego de la pupila del ojo del tifón de la
res publica.
Esta mujer, pienso, es un encanto; y
las personas de su séquito (Antonio Cámara, Lucía Méndez, Ana Beret de Bugallo,
Jorge Moragas e Ignacio Martínez del Barrio), también.
Sorry. Discúlpenme los lectores
maliciosos o morbosos. Mis uñas no son tan largas ni tan rojas como las de
Carmen Rigalt, Maruja Torres o la Susi del bueno del Mendicutti.
Y, en eso, Ana Botella-mujer al cabo-
me pregunta por el modus vivendi de la condición femenina en el seno de una
cultura tan supuestamente machista como las malas lenguas dicen que lo es la del
Japón. Le explico que los leones nunca suelen ser tan fieros como los pintan y
que...
Pero ya se detiene el tren en la
estación de Toba, ya nos topamos con otra ristra de sedanes negros, ya se nos
llevan en volandas -asunto de 10 minutos- al espléndido hotel de Parque España,
en cuyo vestíbulo, adornado por una ringlera de dobles arcos califales idénticos
a los de la mezquita de Córdoba, se nos acercan las autoridades de la alcazaba
para entregar solemnemente a Ana Botella el bastón de alcaldesa honoraria del
Parque y de feliz usuaria, durante unas horas, de cuanto el Parque contiene.
¡Ah! A todo esto, que ya se me olvidaba
(pese a ser deuda lo prometido), en otro lugar del portentoso enclave se está
celebrando a escondidas, de tapadillo, una ceremonia paralela y, sin posible
asomo de duda, aún más cordial, más significativa y más simbólica que la
reseñada en el párrafo anterior. A saber: un par de representantes encapuchados
de los servicios de furriela de La Moncloa entregan subrepticiamente a los
miembros del equipo de españoles que trabaja en el Parque -son alrededor de 80-
un jamón de Jabugo entero y verdadero que, gracias a Dios y a los pasaportes
diplomáticos, se ha saltado a la torera los severos y sofisticados mecanismos de
control de las aduanas japonesas. Lo que se dice un detalle ibérico... Más
ibérico, imposible.
Ahí queda eso. Genio y figura. Seguro
que los misioneros españoles y portugueses que llegaron a estas tierras en el
siglo XVII también llevaban charcutería de matute en sus alforjas. Confiemos en
que del jamón, cuando esta crónica se publique, no quede ya ni el hueso, no vaya
a ser que los carabineros japoneses, alertados por mi locuacidad, se presenten
de sopetón en las dependencias del parque y confisquen el cuerpo de un delito
que ninguna conciencia -ni española ni nipona- siente como tal.
Lujo asiático: nunca mejor dicho... El
retrete de mi habitación tiene a su diestra un diabólico tablero de mandos
electrónicos que, en teoría, sirven para enviar sucesivamente un chorro de jabón
líquido, otro de agua tibia y un tercero de aire caliente al ojo del lugar en el
que las espaldas pierden su honesto nombre. En teoría, he dicho. En la práctica,
ni les cuento. Todos los rótulos del artefacto están escritos en inescrutable
idioma japonés.
Sé que no resulta muy correcto, pero me
acuso de no haber sabido resistir la tentación de imaginar cómo diantre se las
estaría apañando la pobre Ana Botella para salir airosa, e indemne, de tan
absurdo, delicado y apurado trance.
Nueve de la mañana. Comienza la veloz
visita de un micromundo que quiere ser (y en casi todos los momentos y rincones
lo consigue) una exacta, feraz, admirativa, cariñosa, pintoresca y
documentadísima réplica de todo lo bueno -sin mezcla de mal alguno- que las
Españas contienen. Vale decir: de Altamira a Dalí, de Compostela a Granada, de
los Pirineos al Peñón, pasando por los churros y los polvorones, por la paella y
el Albariño, por la sardana y el cante jondo, por la Guardia Civil y la Dama de
Elche, por el castillo de Javier y el acueducto de Segovia, por la puerta del
Cambrón y la estatua de Colón, por el parque Güell y los estanques del
Generalife, por el barrio de Santa Cruz y el Galeón de Indias, y naturalmente,
last but not least, por todo lo que existía (o no existía, si es que los sueños
no existen) en aquel lugar de La Mancha de cuyo nombre los japoneses sí quieren
acordarse.
¿Horterada a imagen y semejanza de
Disneyworld? En modo alguno. Compatriotas de ponzoñosa y arrogante lengua
bífida: no nos pasemos de listos. En Parque España lo de menos son las
atracciones de recinto ferial y lo importante, lo que más abunda, lo que se
encuentra por doquier, es historia, es gastronomía, es folclor, es música, es
pintura y arquitectura, es literatura... Es cultura, vaya, ¡por fin lo he
dicho!, y cultura de la mejor ley, de muchos quilates, de altos vuelos, no de
cartón piedra ni de tente mientras cobro. Amor y pedagogía, pedagogía y amor.
Lo que los japoneses han hecho -por
nosotros- allí, en el corazón de un paisaje de rías y de bosques cuya belleza
ensancha el alma y tranquiliza el ánimo, no tiene desperdicio ni precio. Seamos
pues, en justa correspondencia, y como mínimo, generosos en monedas de gratitud,
valorémoslo, reconozcámoslo. Diez millones de japoneses, en sólo tres años, ya
lo han hecho.
Ana Botella, después de plantar un
olivo que seguirá allí -si arraiga- durante muchas centurias, recorre a fondo,
con discreción, con atención, con admiración y con ternura, todos y cada uno de
los lugares de ese jardín nipón de las delicias hispánicas.
Imposible mencionar aquí los lances y
las anécdotas, los besos y el estrechar de manos, los encuentros, las amistades
y las emociones vividas a lo largo de una jornada que no será fácil, para ella,
y para quienes la hemos acompañado, olvidar.
Su infatigable esposo, que a todo esto,
mientras Ana se metía en el bolsillo a medio Japón, andaba el hombre por Tokio,
a la fuerza ahorcan, desayunando, almorzando, cenando y negociando a mayor
gloria de la patria con aburridísimos banqueros, empresarios, ministros y
magnates de toda índole, no sabe lo que se ha perdido.
O sí lo sabe, porque es de suponer que
a estas alturas, entre bache y bache del achacoso avión que lo devuelve a
España, y entre pildorazo y pildorazo de melatonina leal y generosamente
suministrada por este humilde proveedor, su mujer ya se lo habrá contado.
Y a propósito de mujeres... Dicen que
detrás de un gran hombre hay siempre una mujer inteligente y asombrada, añade el
chiste. Tienen razón. Ahora ya sé cuál es el secreto de José María Aznar.
Buen viaje, Ana, y no te olvides, por
favor, de poner todos los días en los pliegues de la servilleta del desayuno de
tu marido el artículo que el martes publiqué en EL MUNDO a cuento de la
inaplazable necesidad -cada loco con su tema- de que el Instituto Cervantes
aterrice en los campos del antiguo imperio del Sol Naciente colándose por la
brecha de los fastos del 98. No existe o no se me ocurre mejor manera de poner
punto final a un auténtico viaje de Estado en el que todo ha salido a pedir de
boca. Tus amigos de Parque España te lo agradecerán.