Manuel Domínguez salió al andamio el 6 de junio a la hora del almuerzo. No tenía que estar ahí. Su trabajo era poner cemento desde dentro del edificio en construcción. Pero estaba. Y se cayó desde 18 metros. Una chapa falló y se precipitó al vacío. Estaba puesta "de mala manera", según la policía. Manuel tenía 25 años, un coche a medio pagar y estaba a punto de coger las llaves de su primera casa. Su hermano pequeño aún lo busca por la casa. Él es uno de los últimos nueve muertos en accidente laboral en Madrid. Todos han fallecido en apenas 20 días. "Tres semanas negras", según los sindicatos. En lo que va de año, 72 personas han perdido la vida en su puesto de trabajo en la región, casi tres por semana. Los sindicatos buscan a sus familias, intentan asesorarles, se personan en sus causas. Denuncian sin descanso. Y piden más colaboración de las administraciones. "Necesitamos medidas coercitivas, más control, penas de cárcel, para que los empresarios entiendan que una muerte les puede salir cara", señala Marisa Rufino desde UGT. "Porque detrás de cada cifra, hay un drama".
EL PAÍS reconstruye la vida de dos hombres muertos en el tajo: Manuel Domínguez y Antonio Guerrero, un brasileño de 51 años. Emigró a España hace dos años para sacar adelante a su mujer y a Gabriele, su bebé de nueve meses. Se cayó de lo alto de una nave. No llevaba protección. "Quiero llegar a los 70 años para llevar a esta niña guapa a la discoteca", decía cuando cogía a su bebé en brazos. Pero chocó con un mueble el 1 de junio. Era su cuarto día de trabajo en la empresa. Fue el último.
UGT: "Se necesitan penas de cárcel"
La media es escalofriante. Cada semana, tres obreros mueren en los tajos de Madrid. En total, 72 en lo que va de año, según estimaciones de este periódico a partir de datos oficiales. Tras cada muerte, una historia, un drama familiar, una situación de desamparo.
"En la mayoría de los casos mueren los empleados temporales y a sus familias les quedan unas pensiones ridículas", asegura Marisa Rufino, secretaria de Salud Laboral y Medio Ambiente de UGT-Madrid. Afirma que las contratistas "se desentienden en muchos casos" de los muertos. "Sólo ofrecen indemnizaciones cuando se sienten presionados y temen ir a la cárcel". Cada vez que muere un trabajador, los sindicatos intentan ponerse en contacto con sus familiares. Les ofrecen asesoramiento y se personan como acusación popular en sus causas. No siempre les sale bien.
"Muchas veces les ofrecen indemnizaciones, aceptan y callan", añade la portavoz sindical. "Y no puedes culparles, porque no tienen de qué vivir".
Con las empresas, el discurso cambia. UGT exige que los casos "se persigan hasta el final". "Necesitamos medidas coercitivas, penas de cárcel, que se den cuenta de que les puede salir caro", añade. Pero los procesos judiciales son lentos. "Tenemos algunos abiertos desde hace más de siete años". Y las prioridades son otras, según el sindicato. "Los juzgados están colapsados por los casos de violencia de género, por temas de tráfico. No digo que no sean asuntos importantes, pero también hay que atender las muertes en el trabajo", insiste Rufino.
El sindicato UGT pide, además, que se acelere la publicación de las listas de empresas que incumplen las medidas de seguridad, una medida aprobada por el Gobierno. "Hay que sacarles los colores, hay que bajar estas cifras", concluye.
Manolo, el mundo es tuyo
Manuel Domínguez lo tenía claro desde que era un crío. La escuela le gustaba poco. Él lo que quería era trabajar. Desde muy niño iba con su abuelo a hacer injertos de vid al campo. Era un chico familiar, tenía un vínculo muy especial con su madre. Era muy guapo, con unos enormes ojos marrones y el rostro bronceado. A sus 25 años había tenido "muchas novias", según su tía María Ángeles García. Todas fueron a su funeral el pasado 7 de junio en Navalcarnero.
Un día antes, el obrero salió a un andamio en la planta quinta de una obra de Fuenlabrada en la que trabajaba como albañil. "No tenía que estar ahí, su trabajo era dentro del edificio poniendo cemento, no tenía que estar ahí", repite insistente su jefe de obras, emocionado y nervioso bajo el casco. Pero estaba.
Salió con su tío Dionisio a fumar un cigarro. Eran las tres y media de la tarde. Se coló por el hueco del andamio y se estampó con el suelo desde 18 metros de altura. Una chapa de "ocho kilos de peso", según el jefe de obra, debía haberle protegido de la caída. Pero no fue así. Estaba colocada "de mala manera", según fuentes policiales.
Manuel Domínguez trabajaba para Copreconsa, una subcontrata de Construcciones Togasa, responsable de la obra de Valdemoro en la que 15 días después, el miércoles 20 de junio, tuvo un accidente mortal María del Carmen López, la primera fallecida en un tajo en la región.
El muchacho cayó al vacío. Su tío Dionisio, el encargado de la obra, lo vio todo desde lo alto del edificio. Su cuerpo permaneció tapado en el suelo cuatro horas más, hasta que se procedió al levantamiento del cadáver.
Desde ese día, Dionisio no ha sido capaz de volver a ese tajo. Pidió el cambio de destino. Tampoco tiene fuerzas para hablar de lo sucedido. Es su mujer, María Ángeles García, la que atiende al teléfono para contar casi sin voz cómo era Manuel Domínguez: un chico familiar, trabajador, honesto, al que Raúl, su hermano pequeño, bautizó como Bobo con su media lengua cuando empezó a balbucear sus primeras palabras.
Al niño le cuesta entender por qué no puede ver más a su hermano. Nunca más. "Quiero ir con Bobo, si hay que matarse, me mato, pero quiero ir con Bobo", repite siempre, según su tía. Porque Bobo era como otro padre para el pequeño Raúl, que tiene seis años recién cumplidos. Otro hermano, Sergio, de 22 años, trabaja poniendo instalaciones eléctricas. "Lo quiere dejar, no le quedan ánimos", explica su tía. Los dos pequeños, del Atlético de Madrid; a Manuel le volvía loco el Real Madrid. También le gustaba jugar al fútbol con Raúl en el campo.
El padre, que es gruísta, estuvo ingresado en el hospital unos meses. Y Manuel quedó como el principal apoyo de su madre. Tras el accidente, ella pidió la baja en la residencia de ancianos donde trabaja. "Lo tuvo con 18 años, era su ojito derecho, porque lleva más vida con él que sin él". Todos compartían casa en Navalcarnero.
A Manuel, con muchos planes para el futuro, le faltaban tres meses para terminar de pagar el coche. Después del verano le iban a entregar las llaves de un piso protegido del Ivima (Instituto de la Vivienda de Madrid) que le tocó en un sorteo. Una casa nueva y, lo mejor, cerca de la de los suyos.
"Era un chico muy familiar", asegura su familiar. El que siempre animaba a todos. Nunca se topaba un problema al que no le encontrara rápidamente la solución. "Todo se puede arreglar", repetía siempre riendo cuando el día se torcía. En su lápida, la familia dejó escrita una frase bajo su nombre: "El mundo es tuyo".
La niña de los ojos azules de Caio
Una semana antes de morir, Antonio Carlos Guerrero no quiso celebrar su 51º cumpleaños. "Estaba en paro y le preocupaban las deudas, no quería derrochar", asegura su viuda, Simone Peres, una brasileña de 33 años. Unos enormes surcos marrones rodean sus ojos. Tiene el pelo muy negro recogido por arriba, un pantalón pirata, las uñas pintadas y unas chanclas rosas.
Simone tiene cinco hijos, la mayor con 17 años. Antonio se hizo cargo de todos, aunque sólo la última era suya. Su pequeña, la niña de sus ojos, Gabriele. Tiene nueve meses. Juguetea desde el tacataca echándole los brazos a su madre. Las últimas fotos de Caio -como todos llamaban cariñosamente al muerto- son con la niña, en el Retiro. A él le brilla la mirada azul. La lleva en brazos. El padre, el hombre que dejó Brasil hace dos años para buscar un futuro a su pequeña. Dejó el trabajo en la finca de ganado de su anterior esposa. Su padre era italiano y consiguió el pasaporte europeo sin problemas. Pronto reclamó a su familia.
La pareja vivía en Getafe, en un piso humilde de pasillo oscuro y lleno de cacharros. Lo compartían con otros seis brasileños. "Mi familia en España", dice ella. "Caio tenía 51 años, pero era joven, muy joven. Su sueño era cumplir los 70 con salud para ir con la niña a la discoteca", asegura su viuda en un portuñol difícil de descifrar. Intenta sonreír todo el tiempo. No le sale. "Era un hombre felis, muy felis, el amigo de todo el mundo", recuerda, parando las lágrimas con sus manos de manicura precisa.
Antonio Carlos Guerrero llevaba cuatro días trabajando para la empresa Tavenave. "Estaba contento de trabajar, se levantaba con una sonrisa enorme". Aquella mañana de viernes se despertó a las 6.30. Simone le preparó un bocadillo de atún -"le encantaban el atún y los macarrones con feijoa (habas)"-. Besó a su mujer y se marchó a una nave de Leganés, El Chollo de la Trastienda. Se subió al tejado para reparar las goteras. No llevaba arnés, según los sindicatos. A las 9.40 se cayó por la claraboya. Se golpeó con una alacena acristalada, que sigue arrinconada en una esquina de la sala.
Simone hacía tiempo en casa jugando con la niña. Sonó el teléfono. Lo cogió uno de sus compañeros. "Simone, Caio ha tenido un accidente", le dijo al colgar. "¿Qué ha pasado? ¿Se ha roto una pierna? ¿Se ha hecho algo en el brazo?". Se le congeló la sonrisa. "No, está muerto". Y se le nubló el mundo. Mientras lo recuerda, vuelven las lágrimas. Gabriele intenta llamar su atención desde el suelo, mientras la mujer masculla: "No puede ser, no puede ser".
El hermano de Antonio se encargó del papeleo para repatriar su cuerpo a Brasil. Viajó sin su mujer. "No tengo papeles, no podría volver", se excusa. Aún no sabe qué va a ser de su vida. Mira a la niña y explica que le gustaría darle un futuro en España, "como quería Caio". Le faltan el trabajo, el dinero, las ganas. "No sé qué pasará, no sé", dice. La casa empieza a llenarse de vecinos, de amigos, que preguntan por la viuda. Y ella intenta sonreír de nuevo. Tampoco le sale.
El herido muy grave en el accidente del Calderón está en coma inducido
"Jorge [José Benavente Sobrino] tenía año y medio de experiencia en el desmontaje de escenarios", aseguraba ayer Pilar Benavente. Su hijo se encuentra en la UVI del Hospital Clínico San Carlos. El viernes, alrededor de la una del mediodía, se encontraba junto a tres compañeros encaramado en una viga metálica. Era parte del escenario del concierto ofrecido la noche del jueves por The Rolling Stones en el estadio Vicente Calderón. Por un error en el desmontaje, la viga cayó desde una altura de entre 10 y 12 metros, arrastrando a Jorge y dos compañeros. Uno murió en el acto, y el otro, 45 minutos más tarde. Sus arneses estaban sujetos a la viga que cedió. Un cuarto operario salvó su vida gracias a que estaba atado a un pilar.
"Mi hijo está muy grave", reconoció ayer Pilar. "Está conectado a un respirador, sedado y en observación las 24 horas del día", añadió. Una confusión con el Instituto Anatómico Forense había dado la noticia falsa del fallecimiento de Jorge José, generando la alarma en toda la familia.
Jorge "jamás" había tenido miedo en su trabajo. "Al contrario, en absoluto. Le daban cursillos de seguridad", explicó su madre. "Para pensar en posibles acciones legales contra la empresa ya habrá tiempo. Ahora mismo, lo único que me interesa es que Jorge se recupere", señaló Pilar. Este chico de tan sólo 25 años trabaja para Pase Producciones, la misma empresa a la que pertenecía el herido leve.
"Le encanta la música y siempre anda con el ordenador", relataba Pilar. "Y tiene muchos amigos", señalaba. De hecho, ayer había decenas de compañeros de trabajo y amistades de Jorge en el Hospital Clínico. Uno de ellos, vestido todavía con su ropa de trabajo y con la cara muy cansada, dijo: "Nos fuimos sobre las cuatro de la mañana y a las ocho ya estábamos trabajando de nuevo". Un chico que llevaba un casco de obra amarillo colgando de su mochila pidió que, por favor, no le preguntaran nada. Un tercero que iba y venía por los pasillos del hospital sobre las dos de la madrugada no se explicaba lo ocurrido: "Llevo casi veinte años en esto. No me lo puedo creer".
Jorge José era operado en esos momentos. Estaba muy grave, con una lesión medular y traumatismos craneoencefálico y torácico. Junto a la puerta de los quirófanos estaba su madre, Pilar. "No sabemos nada", repetía.Minutos más tarde, un cirujano habló con ella y ésta rompió a llorar. Un enfermero, mientras, llevaba sangre y plasma al interior del quirófano. Fuentes del Clínico explicaron ayer que el paciente tiene comprimida la médula, pero sin seccionarla. "Está en coma inducido, estable pero muy grave. Hay que esperar 48 horas", dijo un portavoz.
En el tanatorio de Alcorcón, el abuelo de Alfredo Peciña, de 28 años, que falleció en el accidente, recordaba a su nieto como una persona "muy alegre y con muchas ganas de vivir y trabajar". Peciña, que tenía cuatro hermanos, será incinerado hoy en el cementerio de Alcorcón a las 12.30.
www.elpais.es 01.07.07

