De ‘Vogue’ y de Esperanza Aguirre, la aristócrata populista.
13/09/04
Eduardo Zaplana parece no tener límites en cuanto a un cierto
sentido del pudor personal y, por supuesto, intransferible. Cuando imparte, sin
pestañear y sin ningún quebranto de voz, lecciones de moralidad o de ética, lo
que hace con suma frecuencia, tiende a rebasar de forma casi compulsiva la
frontera del decoro mínimo. En Onda Cero no desperdició la ocasión, hace unos
días, para cargar contra las ministras del Gobierno a cuenta de las famosas
fotos de la revista Vogue, convertidas por el PP, por la prensa
conservadora y también por algunos fariseos de la izquierda purista en piedra de
estremecedor escándalo. Zaplana declaró que las ministras habían caído "en el
lujo y la ostentación" al posar para la citada revista. Añadió el muy taimado
que tales fotos demuestran que los dirigentes del PSOE "en cuanto llegan al
Gobierno, cambian de amistades y de imagen" ofreciendo así "la verdadera cara
del PSOE de siempre". ¿Cuál es el Zaplana de siempre?
¡Vaya con Zaplana! Impresiona su voluntad de adoctrinar a la
izquierda acerca de los valores propios de la misma. Dijo en la Onda Cero de su
amigo José Manuel Lara, cadena radiofónica dirigida, como se sabe, por un
periodista clásico del aznarismo, Javier González Ferrari, que esas fotografías
no contribuían a difundir el "discurso de igualdad" y el "papel moderno que
tiene que jugar la mujer en la sociedad española". ¡Cómo sufre Zaplana al ver
que los socialistas, en este caso respecto de las mujeres, se alejan del recto
camino que señala, según él, el feminismo!
"Las ministras hacen el ridículo", había advertido ya, con su
habitual lucidez para el chascarrillo provinciano, el líder del PP, Mariano
Rajoy, ahora patrocinador de Manuel Fraga Iribarne en el intento del ex ministro
de Franco de batir todas las marcas conocidas de longevidad política, incluida
la del actual Sumo Pontífice eternamente reinante. Rajoy es el hombre que
simboliza, dicen los cronistas de la derecha, la renovación generacional del PP
o que encarna con gracejo esa paparrucha de que el partido conservador ahora sí
que viaja hacia el centro o hacia "el talante de diálogo de 1996", como asegura
Josep Piqué, tránsfuga por antonomasia, siempre entre el clavel y la rosa
(Javier): de los comunistas a José María Aznar y tiro porque me toca.
¡Menuda renovación la de Fraga Iribarne, que lleva más de
cincuenta años en el machito y aún aspira a repetir presidencia en la Xunta
gallega! Rajoy oculta, sin embargo, la verdad. Apoya a Fraga Iribarne porque no
le queda más remedio. O Fraga o el diluvio. O Fraga o la derrota y, antes, la
división interna, cainita, guerra a sangre y fuego entre los distintos jefes de
las tribus peperas galaicas. ¿Ridículo, las ministras? El ridículo más
bien lo está haciendo Rajoy al apadrinar a Fraga. El frustrado delfín de Aznar,
llamado a arrasar en las elecciones, el mejor candidato del universo, según
repetían en pleno alborozo los propagandistas del PP hace exactamente un año,
cuando el dedo del presidente se fijó en él, se sintió acompañado, no obstante,
tras su andanada contra las ministras. Le asistió, por ejemplo, El Mundo,
la vida sigue igual, el diario que en esta oportunidad transformó un reportaje
intrascendente de verano, en un conato de apocalipsis gubernamental.
¡Blanco, diana, volvemos al malvado felipismo!, debieron de
pensar, felices, en el rotativo de Pedro J. Ramírez: "Los ecos de Vogue
no se apagan y seguramente no se apagarán hasta que las protagonistas reconozcan
su error". Hablando de Ramírez, leí, por cierto, en La Razón, transcrito
textualmente del digital prnoticias.com, bajo el título "Piscinazo en las
vacaciones de Pedro J.": "El director del diario El Mundo, Pedro J.
Ramírez, de vacaciones estos días en el municipio de Son Servera (Palma de
Mallorca) ha protagonizado una agria polémica tras la denuncia presentada por
una organización de la zona en la que le acusan de haberse apropiado de una
piscina pública. La denuncia fue formulada por el "Lobby per la independencia"
cuyo responsable es llamado Jaume Sastre".
Manuel Martín Ferrand, en ABC, critica a las ministras
no por la foto, sino por su ingrávido talento, afirma este afamado perdonavidas,
siempre jugando a estar por encima del bien y del mal. "Lo tremendo es
que, visto el reportaje, lo único interesante es el disfraz de las ministras. El
texto no tiene más puntos de interés que los forzados intentos provocadores del
reportero/a. Ellas, las estrellas de Zapatero, responden a las preguntas (...)
con tal obsesión por lo políticamente correcto que presentan un encefalograma
plano". Y concluye aportando su particular dosis de machismo indisimulable:
"De ahí que convenga cambiar el signo de la polvareda que ha levantado el
múltiple posado ministerial para preguntar: ¿por qué serán ministras estas nenas
tan monas, cuál es su gracia?".
Juan Manuel Prada, escritor enfant terrible del
reaccionarismo enmascarado, se adentra, asimismo en ABC, por el
territorio de las fantasías sexuales: "Algún comentarista se ha apresurado a
recomendar a las ministras de cuota que aprovechen sus dotes recién estrenadas
de maniquís para posar desnudas en alguna revista guarrindonga. Tamaña
desconsideración revela una concepción muy angosta y elemental del erotismo. Los
verdaderos connaisseurs sabemos que una mujer envuelta en pieles ejerce
sobre la libídine un efecto mucho más turbador que la mujer en cueros. Las
ministras de cuota así lo han entendido; de ahí que hayan elegido como
complemento indumentario esas pieles que parecen sacadas de una novela de
Leopold von Sacher-Masoch. Este Sacher-Masoch, que escribía de puta pena y daría
nombre a cierta desviación sexual, llegó a firmar con una de sus amantes un
contrato en el que le solicitaba que se vistiera con pieles "tan a menudo como
le fuera posible, y principalmente cuando se mostrara cruel"; a cambio,
Sacher-Masoch se comprometía a "obedecerla con una sumisión servil" y soportar
sin rechistar las humillaciones que le infligiera, prosternado a sus pies".
Corolario de este meapilas rijoso: "Convertidas en reencarnación de aquella
Venus de las pieles de Sacher-Masoch, los desmanes que a partir de ahora
perpetren las ministras de cuota nos resultarán menos dolorosos. O, al menos,
más cruelmente placenteros. La próxima vez, que posen con corsé de cuero y botas
doctor Martens".
César Vidal, la nueva estrella nocturna de la cadena
episcopal, perteneciente al núcleo duro de los liberales de extrema derecha,
hablaba del asunto Vogue en su colaboración ansoniana. Es decir, en La
Razón del 4 de septiembre y bajo el título de "Talante de Voguedilla".
Señala Vidal, historiador de creciente influencia conservadora,
"afortunadamente, la llegada de las izquierdas al poder no siempre ha venido
unida al derramamiento de sangre. Sin embargo, la imitación de los peores vicios
burgueses (...) ha sido continua (...) El caso español es de ayer mismo (...)
Los socialistas de la etapa de Felipe González se vieron envueltos en una turbia
veneración (...) de la denominada beautiful people, se enredaron en
asuntos de financiación política ilegal (...) y organizaron despachos para la
corrupción y el compadreo". Continúa este gurú emergente de la derecha:
"Todo esto (...) me ha venido a la memoria al contemplar a las ministras (...)
posando para la revista Vogue y actuando así de una manera que ni el más
encanallado grupo de pijas se hubiera atrevido a exhibir. Pensé entonces que
simplemente habíamos pasado –junto con el nuevo talante– de la bodeguilla de
Felipe González a la voguedilla de Rodríguez Zapatero (...) También me
asquea (...) su insoportable y ordinaria plebeyez. Quizá porque, a diferencia de
las izquierdas en el poder, me esfuerzo por conservar la honradez y el buen
gusto". Tremendo.
"Modelos de ocasión" las denomina Esperanza Aguirre,
entrevistada para El Mundo por Esther Esteban. "Este Gobierno
formado al 50% por modelos de ocasión no es lo que nos conviene", afirma la
presidenta de la Comunidad de Madrid. "Creo que esa imagen, añade Aguirre,
ese posado, es una muestra más de la hipocresía del socialismo. Que el
presidente del Gobierno veranee en un apartamento de cinco millones de pesetas,
que las ministras posen para una revista que es inaccesible para la mayoría de
la población, que anuncien cosas que están fuera de la realidad, simplemente les
define. Predican una cosa y hacen la contraria. Y en relación con la paridad,
también es de boquilla. ¿Se imaginan un posado de los ministros con maquillador
y peluqueros, o vestidos de Armani y con coches de lujo prestados a las puertas
de La Moncloa?"
La presidenta madrileña, aristócrata consorte, se escandaliza
de sus colegas socialistas y se rasga las vestiduras por "el apartamento" –no
era un apartamento, mentirosilla– de cinco millones del presidente del Gobierno.
Se nos ha convertido, Esperanza, en una especie de Evita Perón, protectora
de los pobres, demagoga del populismo parafascista en el que se instaló su
marido, el general Perón. ¿Cuánto le costó a Aznar su casa de Menorca del pasado
año? ¿Cuánto la boda imperial de El Escorial? ¿Cuánto su estancia
privilegiada, y polémica, en Cancún este agosto? ¿Cuánto ha pagado, por cierto,
Eduardo Zaplana por su pisazo espectacular adquirido en la Castellana nada más
aterrizar en Madrid tras su transparente presidencia valenciana?
Esperanza Aguirre tendría que ser un poco más comedida y prudente a la hora de
referirse a semejante género de cosas. Sus negocios paralelos, o los de su
familia, en el ámbito inmobiliario son conocidos y han provocado más de un
escándalo. Asimismo, los escándalos urbanísticos que se destaparon a lo largo
del verano de 2003, tras el turbio episodio de los dos diputados socialistas
traidores, protagonizados todos ellos por relevantes dirigentes o importantes
militantes del PP, no merecieron ni un solo comentario de censura explícita y
concreta por parte de quien más se benefició políticamente de todo ese
estercolero: Esperanza Aguirre, sin duda.