

“Poderoso
caballero, don dinero”
Enric Sopena
Hasta aquí
hemos llegado. Ya lo advirtió George Orwell –cuyo centenario conmemoramos– en su
Animal Farm o Rebelión en la granja: “Todos los animales son iguales, pero unos
son más iguales que otros”. Una cosa son los valores que inspiraron a la
Revolución francesa y otra, muy distinta, su traslación a la realidad. Alejo
Carpentier en El siglo de las luces pone en boca de uno de sus
protagonistas una frase atribuida a Napoleón, por cierto, autoridad máxima
dentro de la granja
orwelliana: “Hemos terminado la novela de la Revolución; nos toca ahora
(...) considerar tan sólo lo que resulta real y posible en la aplicación de sus
principios”.
En España la
democracia iniciada en 1977 no emergió a través de la ruptura, digamos
revolucionaria, con el Antiguo Régimen, sino mediante la reforma, estirada –eso
sí– hasta el límite. El Rey fue uno de los motores del cambio, pero también el
puente entre el franquismo –al que había jurado fidelidad– y las
libertades, a las que sirve de modo constitucionalmente impecable. En los
primeros años, y hasta final de los ochenta, la derecha en general anduvo cauta,
con cierta mala conciencia y con deseos de ser absuelta de sus graves pecados de
carácter absolutista.
Confiaba,
aunque tímidamente, esta derecha –más amante de las botas que de los votos–, que
se cumpliría la profecía lampedusiana: “Si queremos que todo
permanezca igual, es preciso que todo cambie”. Dejó, pues, hacer siguiendo de
forma intuitiva la exhortación de Lope de Vega, mencionada por Antonio Prieto en
la edición de 1993 del libro de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “La mayor
discreción es acomodarse al tiempo”. Con la retirada de Fraga Iribarne a los
cuarteles galaicos, José María Aznar entendió que empezaba a otearse un cambio
profundo de tercio.
Él y su equipo aceleraron –prescindiendo casi totalmente de
los frenos– en esa dirección. Lo hicieron sin escrúpulos y, desde luego, sin
complejos. Estaban, tras tantas generaciones seguidas mandando, ayunos de poder
político, hastiados de “una realidad cambiante a la que intentamos adaptarnos
como se mecen las algas ante el empuje del mar”, según explica el Príncipe de
Lampedusa al padre Pirrone, su confesor. “A la Santa Iglesia –añade el Príncipe–
le ha sido explícitamente prometida la eternidad; a nosotros, como clase social,
no”. Tenían urgencia histórica por recuperar el poder y la gloria, convencidos
de pertenecer –al menos de facto– a “una nobleza hereditaria que posee
derechos y cargos que no pueden conferirse más que a una determinada clase de
ciudadanos”, como Maquiavelo apuntara hace siglos.
Al delegado del nuevo Gobierno liberal o garibaldino,
Aimone Chevalley, el Príncipe –el Gatopardo– le profetiza: “Fracasarán,
porque somos dioses”. Continúan creyéndose dioses destinados a gobernar siempre,
conforme al derecho natural. Lo expresó Ruth Porta, la portavoz socialista, con
enorme acierto dialéctico, en la segunda sesión de la frustrada investidura de
Rafael Simancas. Le replicó una crecida Esperanza Aguirre, condesa consorte de
Murillo, que habló prepotente –procurando humillar a la izquierda–, amparada por
la presidenta de la Cámara, Concepción Dancausa, elegida gracias a dos judas
miserables, de los que se ignora aún la cantidad exacta de denarios obtenidos.
No se mide igual la fortuna de Aguirre que los ahorros de Simancas. No se miden
igual las corrupciones de la derecha que las de la izquierda. Sigue siendo
“poderoso caballero, don dinero”. Y quien no lo quiera ver así –en este obsceno
asunto de la trama inmobiliaria de Madrid– que se compre pronto unos quevedos.
(*) Publicado en El Siglo.07.07.03
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