RESURRECCIÓN :
RUIZ GALLARDÓN
9.09.02
Con cautela y con la bendición casi forzada de José María
Aznar, al serle entregada la candidatura a la alcaldía de la capital, el
otrora marginado presidente madrileño comienza a labrarse un brillante
porvenir en el PP: como opción redentora y única a un desgastado Álvarez del
Manzano y, sobre todo, como alternativa al poderoso núcleo aznarista que
impera en la calle Génova, cuyos postulados comienzan a tambalearse con la
indefectible retirada en 2004 del presidente del Gobierno, líder y teórico
único
Por Ana Pardo de Vera
Esta semana, los días 10 y 11 de septiembre, Alberto
Ruiz-Gallardón aborda su último debate sobre el estado de la región que
preside, ya por poco tiempo. Apenas le quedan unos días para convertirse en
el flamante candidato del PP a la alcaldía de Madrid (su proclamación
oficial será el 21 de septiembre, el segundo y último día del XII Congreso
del PP de Madrid, previsto viernes y el sábado de la próxima semana), una
jugada aun más sorprendente, si cabe, que otras también recientes de José
María Aznar, como su última remodelación de Gobierno.
El jefe del Ejecutivo no tuvo más remedio que recurrir al
rebelde presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) a la vista
del hartazgo al que los ciudadanos de la capital habían llegado con el
actual alcalde, José María Álvarez del Manzano; del ascenso en las encuestas
internas de la opción socialista, con Trinidad Jiménez como alcaldable, y de
las tambaleantes posibilidades de otros candidatos populares barajados, como
Mercedes de la Merced, Esperanza Aguirre o, incluso, Pío García-Escudero.
Al presidente se lo dijeron en La Moncloa: "Sólo
Ruiz-Gallardón alcanzaría los votos más que suficientes para no perder la
capital en 2003", y Aznar, que aunque implacable con quien osa desviarse de
su línea política, sabe que perder Madrid supondría situarse en la antesala
de la derrota en las generales de 2004, le pidió a Ruiz-Gallardón que fuese
el candidato y salvase al PP de la debacle que entrañaría el fracaso en la
capital. El presidente de la CAM aceptó, pues sabía que sustituyendo a
Álvarez del Manzano su proyección política nacional salía ganando con
respecto a una vuelta a la candidatura del PP a la Presidencia regional.
Objetivo, lograr el centro político. De momento,
Alberto Ruiz-Gallardón ha salido del ostracismo por el que él mismo,
obligado por su partido, había optado en el último año. Hoy es el
protagonista voluntario e involuntario de los medios de comunicación y de la
estrategia electoral del PP para las elecciones más inminentes, las
municipales y autonómicas de 2003. Los pocos defensores que el candidato a
regir la capital tenía en Génova, los cuales reconocían, además, la
injusticia que se estaba cometiendo en su partido con "una de las cabezas
mejor amuebladas de la política nacional, al arrinconarle en la Puerta del
Sol [sede de la Presidencia madrileña]", están ahora exultantes: no hubo más
remedio que reconocer la valía de Ruiz-Gallardón y, ahora que la etapa Aznar
toca a su fin, es el momento de ir tomando posiciones y de tener en cuenta
otras opciones. Y la alternativa Gallardón es una de ellas,
especialmente si el ministro de Economía, Rodrigo Rato, la opción más
liberal frente a la representada por el sector democristiano que encabeza
Mayor Oreja y apoya sin fingimiento alguno Javier Arenas, está tan tocado
como parece.
El presidente de la CAM, sin embargo, jugará sus cartas con
tiento y sin prisa. La prioridad, ahora, es hacerse con el Ayuntamiento de
Madrid de forma desahogada, sin permitir que Trinidad Jiménez consiga todos
los votos que pretende, y mucho menos la victoria. El Partido Popular sabe,
y Ruiz-Gallardón también, que con la designación de éste como alcaldable de
la ciudad más importante de España se reactiva el voto de un importante
número de electores de centro-derecha que seguramente se abstendrían de
votar en mayo de 2003, hastiados como están, tal y como revelaron algunas
encuestas populares, del trasnochado conservadurismo de José María Álvarez
del Manzano. Pero sobre todo, Ruiz-Gallardón sería el único popular capaz de
disputar al PSOE un sector del electorado de centro-izquierda, esa franja
que el todavía presidente regional ya ha sabido conquistar en varias
elecciones autonómicas. Es decir, que la independencia, la rebeldía y el
pragmatismo de los que ha hecho gala Ruiz-Gallardón como presidente de la
Comunidad de Madrid, ésos que le han llevado a convertirse casi en un
apestado para algunos dirigentes del PP –incluido, según constata el
continuo desencuentro entre ambas administraciones, el que sería su
antecesor en el cargo si Ruiz-Gallardón se hiciese con la alcaldía, Álvarez
del Manzano–, han sido ahora reclamados por el presidente Aznar para
salvarle de la quema electoral durante la celebración de sus últimos
comicios como jefe del Ejecutivo y, especialmente, como presidente del PP.
Aunque el presidente madrileño se daba por apartado
definitivamente del núcleo duro del PP, sin posibilidad alguna de
retomar posiciones, la petición de Aznar de que representase la opción
popular en la alcaldía de Madrid pareció suponerle una inyección de fuerza
política. Tras el anuncio y confirmación por parte de Ruiz-Gallardon de que
aceptaba esta responsabilidad, a principios de julio, el presidente regional
empezó a romper el cascarón e, incluso, optó por sacrificar sus vacaciones
de agosto en pro de una oficiosa precampaña electoral: daba igual inaugurar
junto al ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos, la ampliación de la
M-40, el pasado 29 de julio; que dar al día siguiente una entrevista al
diario El País asegurando que con su designación se cerraba "la
herida que yo pudiera tener con un sector de mi partido"; que poner la
primera piedra en la inauguración de unas obras de construcción del
Programa de Actuación Urbanística (PAU) en Vallecas, el pasado 27 de agosto.
Lo importante para el alcaldable popular es ganar con holgura la alcaldía
madrileña, reforzar su posición en el partido y trabajarse, a largo plazo,
una alternativa que podría abrir una nueva etapa en el PP. Y seguro que, una
vez cerrado el aznarismo, sea quien sea el sucesor en 2004, a Ruiz-Gallardón
no le faltan adeptos.
Por ahora, el presidente de la Comunidad de Madrid, ha
empezado a hacerse con una particular cota de poder, según algunas fuentes
de La Moncloa, exigida a José María Aznar como condición inexcusable para
aceptar el reto de la alcaldía: Ruiz-Gallardón pretende impulsar, en primer
lugar, la Ley de Grandes Ciudades que permitan al alcalde de Madrid que
salga de las urnas de 2003 elegir a su Gobierno fuera de las listas
electorales. Incluso, el Ministerio de Administraciones Públicas, que
encabeza Javier Arenas, ha admitido el impulso que a esta iniciativa se le
está dando desde la Comunidad de Madrid. El deseo de Ruiz-Gallardón, sin
duda enfocado hacia su posible mandato en la capital española, ha levantado,
sin embargo, las iras de la oposición, porque, según PSOE e IU,
Ruiz-Gallardón ha bloqueado durante ocho años la Ley de Capitalidad,
exclusiva para Madrid, y ahora que tiene entre sus objetivos gobernar la
capital, pone en marcha a toda la Administración del Estado para que le
garanticen más influencia.
Además, el candidato a la alcaldía de Madrid está
intentando conseguir que cuaje la idea de que la Policía Nacional dependa de
los alcaldes y no del delegado del Gobierno. De esta forma, los grandes
núcleos urbanos tendrían, en opinión del potencial regidor, una autoridad
más clara, que garantizase la seguridad de los ciudadanos sin, por ello,
descoordinarse con el Ministerio de Interior.
El incondicional Fraga y otras amistades. Nunca
Ruiz-Gallardón había gozado de tantos apoyos llegados del aparato central de
Génova. Hasta Álvarez del Manzano ha dicho, al margen de la excesiva
precipitación con la que se dio la noticia de la candidatura del presidente
regional, que éste le parece la mejor opción para sustituirle. Es más, el
regidor aseguraba sentir un inmenso orgullo al constatarlo, pues, al fin y
al cabo, Ruiz-Gallardón procedía de su cantera, ya que fue concejal del
Gobierno local antes que candidato a la Presidencia de la Comunidad de
Madrid. Con respecto a los numerosos apoyos que hoy está recibiendo el
presidente madrileño, desde Génova se apunta que responden a una orden
directa del presidente Aznar, el cual, incluso, aseguran otras fuentes del
mismo entorno, habría nombrado ministro al secretario general del PP, Javier
Arenas, para alejarlo de la sede de la calle Génova e impedir que revolviese
en exceso las aguas del partido, ya turbulentas con la cuestión sucesoria,
tal y como ha venido haciendo en los último meses, dejando entrever sus
verdaderas intenciones respecto a Mayor Oreja y creando un frente abierto
con popular tan clásicos como Francisco Álvarez-Cascos. Precisamente, el
ministro de Fomento podría ser uno de los principales apoyos de
Ruiz-Gallardón en su estrategia de crear una alternativa al aznarismo,
aunque sea únicamente porque, después de irse José María Aznar, poco le
queda que hacer en el partido a este ex secretario general y nada parece
indicar que Álvarez-Cascos esté dispuesto a apoyar la misma opción que
Javier Arenas, máxime cuando gracias al liderazgo absoluto de Arenas en el
PP, el ministro de Fomento, junto a Rato y el propio Ruiz-Gallardón, pasó a
engrosar la llamada unidad de quemados de la calle Génova (ver,
Hueco a la vieja guardia).
Junto a una parte de la vieja guardia, relegada sin remedio
por las nuevas caras popular, para apoyar su alternativa Ruiz-Gallardón
contaría, siempre y con absoluta entrega, con el respaldo del presidente
fundador del PP y de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, de quien nunca dejó
de ser el candidato favorito, a pesar de haber nombrado a José María Aznar
para sustituirle en 1989.
De hecho, y tal como contaba esta revista en su día (ver,
El Siglo, núm. 499: Se revuelve. Fraga le discute la sucesión a Aznar),
no es la primera vez que el presidente de la Xunta de Galicia intenta llamar
la atención de José María Aznar, lanzando propuestas aparentemente ‘anti
PP’, para dar a entender que él tiene mucho que decir sobre la sucesión,
porque, al fin y al cabo, el jefe del Ejecutivo lo es gracias a él, ya que
en 1989, el año de la refundación popular, optó por relegar a su
protegido, Alberto Ruiz-Gallardón, en virtud del candidato de Federico
Trillo-Figueroa y de Juan José Lucas, José María Aznar. El mandatario
gallego seguramente creyó que el hoy candidato a la alcaldía de Madrid
tendría su oportunidad más adelante, y es que Manuel Fraga nunca ha dejado
de insistir, en encuentros privados, que a Ruiz-Gallardón no hay que
descartarlo de la carrera sucesoria. Hace unos meses, concretamente antes
del 8 de julio, la advertencia de Fraga habría caído en saco roto, nadie la
tendría en cuenta dado el desgaste progresivo que, según confirmaron
entonces a esta revista fuentes de la Asamblea de Madrid, estaba sufriendo
el presidente madrileño ante los escasos apoyos que le iban quedando,
inexistentes prácticamente en la calle Génova y en disminución incluso en el
PP regional. Pero hoy, desde luego, se le puede dar la razón al fundador del
PP, aunque sea como premonición no descartable a largo plazo.
Dos pruebas en diez días
En apenas un plazo de diez días, el presidente de la
Comunidad de Madrid se enfrenta a dos citas importantes: el debate sobre el
estado de la región, el último de su trayectoria como jefe del Ejecutivo
regional, y el XII Congreso Regional del Partido Popular de Madrid, que
preside Pío García-Escudero.
Y si por algo se ha caracterizado Alberto Ruiz-Gallardón es
por lograr crear una gran expectación, incluso en sus propias filas de la
Asamblea, durante la celebración de los debates regionales. El presidente
madrileño no ha evitado nunca levantar una turbia polvareda con nuevas
propuestas lanzadas implacablemente desde la tribuna de orador de la Cámara
regional, desconocidas incluso por los miembros de su Gabinete, que no han
podido disimular, en ocasiones, algún gesto de asombro.
Fue especialmente sonado el debate sobre el estado de la
región de 2000, que tuvo lugar también en septiembre, y durante el cual,
Alberto Ruiz-Gallardón no dudó en anunciar que vendería la cadena autonómica
de la Comunidad que preside, Radio Televisión de Madrid, mediante el sistema
de subasta. El revuelo no tardó en producirse, pues el osado mandatario se
desmarcaba así de los postulados de José María Aznar, pues precisamente,
pocos días antes, el Gobierno había ejecutado las concesiones de licencias
de UMTS a través del procedimiento de concurso. Sin embargo, Radio
Televisión de Madrid, un ente público de un millar de trabajadores y una
cuota de pantalla media de, entonces, el 20% en Madrid se subastaría y el
dinero obtenido por su venta sería destinado "a financiar los programas
educativos y de integración. Naturalmente, la propuesta no sentó nada bien
en una Moncloa crecida con la reciente victoria absoluta obtenida en las
elecciones de marzo de 2000 y comenzó el intento de dar muerte política
a Alberto Ruiz-Gallardón a efectos de partido.
Al año siguiente, y a la vista de los resultados que dieron
sus innovadoras medidas tachadas de pseudoprogresistas en el propio PP,
Alberto Ruiz-Gallardón optó por dar la campanada, pero sólo introduciendo
cambios en su gabinete. Así, el presidente madrileño abría una crisis que
suponía una reestructuración política y administrativa de su Gobierno:
creaba dos consejerías, la de Hacienda y la de Trabajo, aumentando el número
de éstas de nueve a once y comprometía la continuidad de, al menos, dos de
sus consejeros, los de Educación, Gustavo Villapalos, y Economía, Luis
Blázquez, al quitarles competencias. Una vez más, Ruiz-Galardón optaba por
el efecto sorpresa, ya que sólo el vicepresidente del Gobierno regional,
Luis Eduardo Cortés, dijo conocer horas antes de su anuncio, las medidas
adoptadas por el jefe del Ejecutivo.
Sin embargo, en su último debate sobre el estado de la
región no se espera que Ruiz-Gallardón opte por causar sobresaltos a nadie
y, mucho menos, a José María Aznar, presentando una de sus propuestas
llamadas
pseudoprogresistas, especialmente tras el regalo que le ha hecho el
presidente al recolocarlo entre los imprescindibles de la calle Génova.
Tampoco en la celebración del XII Congreso del PP de
Madrid, prevista para los días 20 y 21 de septiembre, tal y como han hecho
saber fuentes oficiales del PP a esta revista, se esperan cambios
importantes. Al menos, el presidente regional del partido seguirá siendo Pío
García-Escudero, hoy en afable concordia con el candidato a la alcaldía de
Madrid, que será proclamado oficialmente el sábado 21, y Ricardo Romero de
Tejada, hombre muy cercano a Rato, continuará como secretario regional del
partido. Tampoco se esperan cambios importantes en los puestos de
vicesecretarios, coordinadores, secretarios, presidentes de Comité y el
tesorero, aunque podría ser una buena oportunidad la del Congreso regional
para que Ruiz-Gallardón, tal y como dicen que solicitó a Aznar, vaya
situando a hombres de su confianza en puestos de poder, tal es el caso de
Luis Eduardo Cortés, vicepresidente de la Comunidad de Madrid y consejero de
Obras Públicas, Urbanismo y Transportes, o de Manuel Cobo, consejero de la
Presidencia y Portavoz, así como responsable, hasta ahora, de las campañas
de Gallardón
Hueco a la vieja guardia
La sorpresa que Aznar reservaba al interesado, a su propio
partido y a la oposición eligiendo a Ruiz-Gallardón para competir por la
alcaldía de Madrid se enmarcaría dentro de una estrategia de mayor alcance,
nada apresurada y que ya empieza a tener sus consecuencias dentro del
Partido Popular.
En ella la pieza fundamental sería no tanto buscar un
candidato de peso para enfrentarse a la emergente Trinidad Jiménez, que
también, sino hacer un hueco en el postaznarismo a la vieja guardia del
partido. El Siglo ya contó en marzo de 2001 (ver portada núm. 454, Operación
quemados) que algunos miembros de la tradicional clase dirigente del
partido, que se habían sentido desplazados de una u otra manera por Aznar,
estaban acercando posiciones de cara al futuro y a la sucesión.
En aquel entonces, el hoy reconducido Alberto
Ruiz-Gallardón renovaba y mejoraba sus relaciones con el vicepresidente
Rato, no ascendido por Aznar en su segunda legislatura tal como parecía
cantado, y con Álvarez-Cascos, alejado del sanedrín y aparcado en el
Ministerio de Fomento. De esas fechas a ahora, el descontento de la vieja
guardia, que empieza a reagruparse bajo un apelativo menos despectivo como
los de antes de Aznar, se ha hecho mucho más evidente y se ha reflejado en
las abiertas críticas lanzadas por Álvarez-Cascos contra Génova y el propio
presidente por su excluyente proceso de elección de candidatos, incluido el
sucesor de Aznar.
La concesión a Ruiz-Gallardón de la candidatura a la
alcaldía madrileña supondría una medida válvula de escape a ese descontento
que amenazaba con enturbiar aun más los planes de Aznar respecto a su
estudiada marcha. "En este partido se sigue contando con los elementos
valiosos, sean de antes o de después, aznaristas o no aznaristas", sería el
mensaje lanzado con el hueco dejado al todavía presidente autonómico
madrileño. La seguramente indeseada, pero inevitable a la vez, consecuencia
es que el propio Aznar ha abierto un camino a quienes quieren construir el
postaznarismo sin seguir las órdenes del presidente